domingo, 20 de febrero de 2011

El budismo y la causalidad universal

En el Japón del siglo XIII un sabio budista llamado Nichiren Daishonin, durante su exilio en la isla de Sado, decía, en una carta dirigida a un discípulo, lo siguiente:  

"El que escala una alta montaña, tarde o temprano debe descender. El que menosprecia a otro, a su vez será despreciado. El que habla mal de alguien que tiene un bello aspecto físico, renacerá siendo feo. El que priva a otros de alimento o de ropas, seguramente caerá en el estado de las entidades hambrientas. El que se mofa de una persona que observa los preceptos y es digna de respeto, renacerá en una familia pobre y humilde. El que calumnia a una familia que abraza la enseñanza correcta, nacerá en una familia de ideas erróneas. Quien se ríe del que observa con fidelidad los preceptos, renacerá como plebeyo y será perseguido por su soberano. Esta es la ley general de causa y efecto."    

En ese pasaje se expresa, tal como se afirma explícitamente al final del mismo, la ley general de la causalidad conforme la interpreta la tradición budista. 

Si bien el sentido del pasaje es bastante transparente, nos gustaría hacer algunas observaciones sobre el mismo.

1. El primer ejemplo mencionado en el pasaje indica que el efecto implica una reversión de la causa sobre sí misma. 

2. Los restantes ejemplos indican que el efecto mantiene una relación de analogía con la causa.

Con respecto a esto último, cabe observar que algunas de las analogías de los ejemplos son evidentes, mientras que otras no lo son tanto debido a la enorme distancia cultural que nos separa del Japón medieval.

Así, por ejemplo, no es difícil percibir la relación de analogía entre privar de alimento y vestido a otros y su resultante en un estado de existencia caracterizado por el hambre y la carencia ('el estado de las entidades hambrientas'); pero no es tan fácil comprender que la pobreza sea percibida como el análogo inverso de la dignidad y respetabilidad asociadas a la observación de los preceptos religiosos. 

De todos modos lo que importa aquí es señalar que la analogía entre causa y efecto en la enseñanza tradicional, no es un mero recurso retórico y moralizador, es decir una manera de hablar  que sólo busca un efecto estetizante y persuasivo, sino que se funda en una correspondencia interior efectiva entre ambas.

Es decir que entre la causa y el efecto hay analogía porque entre ellos existe una afinidad de naturaleza. Aunque la percepción de esa afinidad, y su misma existencia, puedan depender de factores culturales.  

Ahora bien, si integramos las dos ideas que comentamos -la reversión y la correspondencia o afinidad- en una idea más inclusiva y que apunte a lo esencial  de las mismas, arribamos a lo siguiente:  el efecto es la propia causa en otra modalidad de manifestación.

Pues, sí, aunque violente nuestros hábitos mentales, particularmente la tendencia a disociar de manera abstracta la realidad poblándola de entidades mutuamente excluyentes, lo que ilumina, lo que saca a la luz, la ley general de la causalidad en el budismo es que el efecto es la causa misma en otro modo de su manifestación.

Corolario de lo anterior en el plano individual es la idea de que un ser nunca obtiene del mundo, ni debe enfrentar en el mismo, más que sus propias causas traducidas en efectos; es decir sólo recibe y enfrenta aquello que ha irradiado desde el interior de sí mismo.

Pero, no hay en eso, como tiende a asumir la conciencia ordinaria, una lógica de recompensas y castigos sino la expresión de un principio cosmológico  y metafísico más profundo que cualquier moral:  la esencial identidad, la no dualidad, entre el universo y la mente. 

Para terminar, cabe aclarar que en el budismo la doctrina causal no es una teoría explicativa sobre el funcionamiento del cosmos  que se mantenga pasiva con respecto al mismo, sino un principio conductor de la práctica espiritual. 

Es decir, la doctrina causal se encuentra integrada de manera operante al budismo,  entendido éste no como 'filosofía' ni como 'ciencia,' en el sentido occidental y moderno de ambas expresiones, sino como Vía.  Aunque esta última cuestión desborda los límites asignados a este blog...


Referencias:
Fuente de la cita: el pasaje reproducido pertenece a la 'Carta desde Sado'; texto incluido en la edición en español de la obra del sabio japonés, titulada 'Los escritos de Nichiren Daishonin' (editado por Soka Gakkai, impreso en Alemania).

domingo, 6 de febrero de 2011

La mismidad del día y de la noche

Un fragmento atribuido a Heráclito (siglos VI-V a. C) y conservado gracias a Plutarco, dice:

"Mi investigué a mi mismo"   

Hoy esa afirmación parece ordinaria pero en su propio contexto de sentido está lejos de serlo. Pues, esa mismidad, es decir esa interioridad y la conciencia de sí que supone, no se confunde en el pensamiento de aquél sabio griego, ni podría hacerlo de ningún modo,  con la subjetividad postmoderna.

Pues, para Heráclicto, como para el pensamiento metafísico y religioso de antigua Grecia en general, la investigación de sí mismo es indisociable de la investigación del Logos; es decir del revelarse del propio Logos al intelecto humano y del esfuerzo de este último por reconducirse hacia aquél. 

Así, lo que el sabio encuentra al cabo de su investigación sobre sí mismo, es la Ley de su ser y de todo cuanto existe.

La subjetividad postmoderna, en cambio, es el lugar de las preferencias personales y los derechos del ego; y  de una exigencia de aceptación incondicional de ambas cosas por parte de los otros.  

De modo que mientras la antigua sabiduría comprendía la individualidad como un grado de aparición de lo universal y un camino hacia el mismo, el hombre postmoderno comprende su individualidad como si fuera universal en sí, no porque la confunda con el Logos (idea ésta que desconoce o no entiende) sino porque exige que su subjetividad sea reconocida y legitimada por todos.

Es claro que entre ambas 'mismidades' hay una diferencia irreductible. Pues lo que se ha perdido en la segunda es, precisamente, lo que se había encontrado la primera...


Referencias:
Fuente de la cita: se trata del fragmento Nro. 101. Publicado, junto a los restantes fragmentos conservados, en el estudio de Rodolfo Mondolfo sobre el sabio griego, titulado 'Heráclito. Textos y problemas de su interpretación' (Siglo XXI editores, México-España).