sábado, 23 de abril de 2011

Aedificantis putrido

Una vieja, y paradójica, expresión latina dice: aedificantis putrido.

Es decir,  edificando a partir de lo corrupto, lo descompuesto, lo podrido.

Se simboliza de ese modo el principio de la regeneración humana y su correlato cósmico: la palingenesia universal. 

En el simbolismo del llamado 'ciclo osiriano', de antiguo Egipto, transmitido al Occidente a través de los griegos, se cuenta que Tifón, tras haber tendido una trampa asesina a Osiris, destroza su cuerpo y dispersa sus partes entregándolas a los vientos.  

Pero luego Isis, esposa y hermana de Osiris, encuentra los diversos fragmentos del cuerpo divino y los reúne; preparando así el renacimiento del dios. 

Cabe decir, de paso y dado que hoy  es un sábado santo para los cristianos, que tanto el mito osiriano como la expresión latina resuenan, sutilmente, en el relato de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Volviendo al ciclo osiriano; en el siglo I d. C. Plutarco comenta el símbolo del desmembramiento, reunificación y renacimiento de Osiris, y lo interpreta conforme al principio de la palingenesia universal.

Dice Plutarco:

"Ella {Isis} busca todo cuanto queda de Osiris, recogiendo los fragmentos en los pliegues de sus vestiduras; luego, cuando ha recibido ya los desperdicios perecederos, los oculta cuidadosamente, con el fin de presentarlos en el día del nuevo nacimiento, y hacerlos resurgir de su seno. Efectivamente, las ideas, las manifestaciones y emanaciones de este dios, que brillan en el cielo y en los astros, se conservan en estado permanente, pero las que son diseminadas en los elementos sujetos a modificaciones, en la tierra, el mar, los planetas y los animales, se disuelven, corrompen y entierran para volver a aparecer a la luz y manifestarse en otro nacimiento"

Se trata ahí, entonces, de la perpetua transformación de un principio indestructible. Por eso, según Plutarco, quien conoce ese principio alcanza la eternidad. Idea esa que expresa con claridad al comienzo de la obra mencionada:

"Dios cede todos los bienes a los hombres para cumplimentar sus necesidades; pero al comunicarles la inteligencia y sabiduría les permite ser partícipes de los atributos que le son propios"

Y algo más adelante afirma:

"Por eso desear la verdad es aspirar a la divinidad"

Pues, así como la vida se sustenta en la muerte, el hombre de conocimiento extrae de la dispersión, la unidad; de la locura del mundo, la piedra de la verdad; y de sus ruinas, la inmortalidad.   

Y para terminar queremos compartir con el lector unos  versos, muy en sintonía con lo que comentamos, de ese exquisito poeta contemporáneo que fue Ives Bonnefoy: 

"El sol regresará, con su viva agonía,
a iluminar el sitio
donde todo se desveló"


Referencias:
Fuente de las citas: las palabras de Plutarco pertenecen a su obra 'Isis y Osiris' (editado por Obelisco, Barcelona). 

Los versos de Ives Bonnefoy pertenecen al poema titulado 'Verdad', y es parte de su libro 'Del movimiento y de la inmovilidad de Douve' (editado por Visor, Madrid).    

lunes, 18 de abril de 2011

Música, armonía y unidad

"Las melodías conocidas son dulces, 
pero más dulces aún las desconocidas.
Flautas suaves sigan tocando
no para el oído sensual sino más queribles
toquen para el espíritu tonadas inaudibles" 

John Keats 

La música puede ser utilizada al servicio de fines que le son exteriores, pero con respecto a los cuales resulta ser un instrumento  eficaz debido a su  impacto inmediato sobre el psiquismo.   

Por eso, ha servido y sirve a propósitos tan diversos como la manipulación de los sentimientos de identificación colectiva, la inducción de estados de ánimo, sean calmos, alegres, solemnes o agresivos, el incremento del consumo y la difusión de sugestiones ideológicas, el apoyo a tareas de todo tipo,  o la simple distracción de la mente.   

Ahora bien, hay un propósito al servicio del cual la música no es utilizada de un modo exterior a su propia esencia sino en plena correspondencia con ella. Se trata de la finalidad que le asignaban los antiguos sabios.

Por ejemplo, Platón, en el Timeo, que constituye una obra de madurez del filósofo y  tal vez la más pitagórica de las suyas,  dice que la música pone al alma en consonancia con la armonía divina.

Pues de acuerdo con el pitagorismo, de cuyas aguas bebió Platón en sus más de diez años de viajes a Egipto, Sicilia y otras tierras, considera que la armonía musical y las revoluciones celestes son los dos modos principales de manifestación, en nuestro mundo, de los arquetipos divinos e invisibles. 

Así,  la música, porque establece una correspondencia entre el alma y la armonía divina, puede ser utilizada para alcanzar la unificación del alma, y para propiciar el retorno de la misma hacia su cualidad mas pura.  

Por eso, en cierto momento del diálogo mencionado, Platón afirma: 

"{la armonía} Ésta, dado que tiene movimientos afines a las revoluciones de nuestra alma, fue otorgada por las Musas a quienes se sirven de ella con inteligencia, no para el placer irracional, como tantas veces se la utiliza, sino como aliada para ordenar la desarmonía de nuestra alma y acordarla consigo misma"

Pero, la concepción pitagórico-platónica del cosmos ha dejado de tener legitimidad,  desde hace siglos, en el marco de la racionalidad occidental moderna.  Sin embargo, el carácter unitivo y espiritual de la música ha sido reconocido siempre, sin excepción, por quienes han penetrado en su sentido más profundo.  

Por eso, un notable músico contemporáneo, Igor Stravinsky, afirmó: 

"{...} he insistido, en ocasiones diferentes, sobre la cuestión esencial que preocupa al músico como asimismo a toda persona animada de alguna inquietud espiritual. Esta cuestión, según lo hemos visto, se reduce siempre y necesariamente a la búsqueda de la unidad a través de la multiplicidad"

La música, entonces, en tanto experiencia viva de la unidad en la multiplicidad,  puede servir, sin apartarse de su propia esencia, como medio eficaz y símbolo inspirador a quienes se encaminan hacia la unidad esencial. Esa unidad que sólo puede hallarse en el alma del hombre; porque es el hombre quien unifica el universo. 

Pues, como dice el  Zohar:

"{...} todo está contenido en el hombre. El encierra en sí mismo todas las formas"  

Y la misma idea, la misma luz, la concepción del hombre como microcosmos, puede encontrarse en el aspecto más interior de distintas tradiciones de sabiduría.  

Para terminar invitamos al lector a sumergirse en una sutil pieza musical de Erik Satie.  Un compositor que no se deja clasificar; por cual su obra no puede ser recubierta fácilmente de representaciones, sean abstractas o imaginarias, sean tradicionales o modernas, ajenas a su propia armonía intrínseca.

Pinche el ícono para abrir el archivo de sonido:



Referencias:
Fuente de las citas: los versos de Keats pertenecen a su poema 'Oda a una urna griega', incluida en 'La poesía de la tierra. Odas y sonetos' (edición bilingüe de Del Dock, Bs. As.).

La cita de Platón corresponde a un pasaje de su diálogo 'Timeo' (editado por Aguilar, Madrid).   

Las palabras de Stravinsky fueron extraídas de las conclusiones finales de su 'Poética musical' (editado por Emecé. Hay  ediciones más recientes) 

La frase del Zohar se encuentra en la selección de Ariel Bension, 'Zohar, revelaciones del 'Libro del esplendor'  (editado por Olañeta Editores, España).  

La pieza de Erik Satie (1866-1925) se llama 'Gymnopedia Nro.1'; y está  interpretada por el pianista Tzvi Erez.   

sábado, 9 de abril de 2011

Sobre el silencio y la música

"La armonía oculta es superior a la manifiesta"
Heráclito 

El pensamiento ordinario, atrapado en la doble jaula de los convencionalismos y el apego a las evidencias empíricas, tiene dificultad para captar la verdadera naturaleza del silencio. Por eso tiende a concebirlo negativamente como ausencia de sonidos y palabras.

Sin embargo, el silencio es, ante todo y esencialmente, una sutil presencia.

Por otra parte, así como no capta la esencia del silencio, el pensar ordinario tampoco capta la esencia de la música. Pues, en general, aún cuando se la disfrute y se experimenten emociones al escucharla, se la concibe exclusivamente como un conjunto armónico de sonidos que resulta agradable y/o subjetivamente movilizador. 

Sin embargo, el sonido no es esencial a la música. 

Pues, si bien, debido a nuestra constitución corporal, el sonido es el soporte natural de la música en el mundo terreno, no es, sensu stricto, inherente a la misma.   

Ya que la música, como el silencio, es una experiencia de la conciencia. Por lo tanto, el sonido le sirve de soporte en el plano corporal físico pero no la define.    

Una ilustración de lo que decimos es el hecho de que los músicos, al menos algunos de ellos, puedan componer música en completo silencio, recurriendo a los instrumentos sólo a posteriori a fin de realizar ajustes sobre una obra concebida sin el concurso de sonido alguno. 

Otra ilustración, y una particularmente elocuente debido a su carácter dramático y a su grandeza musical, es el caso Beethoven.  Pues ese gran músico alemán compuso algunas de sus obras más importantes cuando ya había quedado totalmente sordo.

Y a propósito de Beethoven otro gran músico, Ricardo Wagner, dijo lo siguiente:

"¿Un músico sordo?... ¿Puede concebirse un pintor ciego?... No obstante, conocemos un ciego vidente... Tiresias vio cerrarse ante sus ojos mortales el mundo de las apariencias, al tiempo que se descorría el velo de su mirada espiritual para contemplar el principio de toda apariencia... Y semejante a él, era este músico afectado de sordera, que al no sentirse importunado  por los ruidos de la vida, dejó de prestar oídos a otra cosa que no fueran las armonías de su alma {...}"

Esto sugiere que la música es más cercana al intelecto puro que al fenómeno exterior, físico y emocional, con el cual se la identifica habitualmente.

Los sabios de la antigüedad, particularmente Pitágoras y sus discípulos, comprendían la esencia intelectual de la música  y estudiaban sus correspondencias matemáticas, astrológicas y demonológicas. Por lo cual llegaron a dominar su utilización con fines terapéuticos, mágicos y teúrgicos.

Todavía en el renacimiento esa concepción sapiencial de la música estaba viva.  Cornelio Agrippa da indicaciones de ello en numerosos pasajes de su magnífica De Occulta Philosophia.  Y refiriéndose a la correspondencia que la música humana establece con los niveles superiores del ser, decía:

"Sobre esa base los antiguos profetas y patriarcas que conocieron estos grandes misterios armónicos, introdujeron en los oficios divinos los cantos y la música"

Entonces, la música no es ahí un adorno destinado a embellecer los ritos y suscitar emociones, sino un puente efectivo entre el mundo terrenal y las regiones superiores.  

Y otro renacentista, Marsilio Ficino, refiriéndose al origen celeste de la música, decía lo siguiente:    

"{...} estimamos que la consonancia musical nace de la revolución muy rápida y ordenada de los cielos. Y los ocho tonos de los movimientos de los ocho círculos, y que el noveno se produce como acuerdo de todos juntos. Por lo tanto, a los nueve sonidos del cielo lo llamamos las nueve Musas a causa de la armonía musical. Desde el principio nuestro espíritu fue dotado de la razón de esta música, y puesto que su origen es celeste, con razón se dice que esta armonía celeste es innata. Después, ésta se imita con los diversos instrumentos y cantos. Y este don igualmente nos ha sido concedido por el amor de la divina providencia"

Entonces, el canto y los instrumentos imitan la música esencial, la música celeste; la cual se encuentra inscrita en el alma desde su origen. 

Todo esto nos indica que la música realiza, implícitamente y en su propio dominio,  aquello que en las palabras de Heráclito  que utilizamos como epígrafe aparece como  una enseñanza de sabiduría: la armonía oculta es superior a la manifiesta.   


Referencias:
Fuente de las citas: la frase de Heráclito corresponde al aforismo Nro. 54. Tomado del libro de Rodolfo Mondolfo "Heráclito, textos y problemas de interpretación" (editado por siglo XXI). 

Las palabras de Wagner están tomadas de su comentario sobre Beethoven en su escrito "La música y los músicos" (encontramos una vieja edición de Tor, Argentina).  

La afirmación de Agrippa está tomada del capítulo "Composición y armonía del alma humana", Nro. XXVIII de su Filosofía Oculta (editado por Kier, Argentina).  

El párrafo de Ficino fue extraído de su obra "De Amore", capítulo XIII del discurso quinto (editado por Tecnos, Madrid).

viernes, 1 de abril de 2011

El arte y la verdad

A partir de la lectura irreflexiva de textos de Titus Burckhardt, Ananda Coomaraswamy, y otros, se ha instalado, en ciertos grupos  tradicionalistas, y conste que decimos 'tradicionalistas' y no 'tradicionales', la idea de que el arte moderno carece de dimensión espiritual y por lo tanto de verdad. 
 
Esa concepción, intelectualmente más estrecha de lo que sus adherentes suponen,  y afectada de petulancia farisaica, asume que el arte sólo es verdadero cuando es tradicional.

Pero, lo cierto es que el arte sólo es verdadero cuando es verdadero arte.

De modo que el arte tradicional es verdadero porque es arte. Y es tradicional, con  todo lo que eso implica, ante todo una relación consciente con principios cosmológicos y metafísicos, por ser el arte propio de una cultura tradicional. Cultura con la cual está interiormente coordinado.

Mientras que en una cultura no tradicional el arte no podría  nunca ser tradicional; y, sin embargo, seguirá siendo verdadero mientras siga siendo arte.  Ya que la esencia del arte es, precisamente, la verdad.

El arte verdadero muestra, desvela, epifaniza, lo más esencial de las realidades que en el mismo son convocadas a la presencia. Y en ese desvelamiento consiste su verdad. Y, por lo mismo, su relación con el espíritu, su sacralidad.

Dicho sea de paso, en griego la palabra 'verdad', aletheia (a-letheia), significa justamente des-velar, des-ocultar. Y en la mitología de antigua Grecia, el río Letheo (olvido, la fuente que vela y oculta) es el polo opuesto al río Mnemosyne (memoria, la fuente que desvela y recuerda); pero resulta sugestivo que Mnemosyne sea también el nombre de la madre de las Musas, las diosas que inspiran el arte.   

Lo que decimos concierne a todas las formas genuinas del arte; por lo tanto también al arte plástico. Respecto a éste último, Walter Otto escribió:  

"La imagen es una creación en la cual se manifiesta el ser del objeto, 
así que él mismo aparece en forma concreta"

Por eso, por ejemplo, el artista noruego Edvard Munch, en su famosa pintura titulada 'El alarido',  pudo manifestar la verdad desnuda del estado del alma del hombre occidental, con toda su carga de dolor y  desolación, durante el tránsito del siglo XIX al XX.  

En fin, dejamos al lector meditando frente a una réplica del cuadro de Munch;  pero para meditar es necesario sustraerse al influjo paralizador de las valoraciones a priori...


Esta réplica es inevitablemente muy pobre, debido a las limitaciones propias de la reproducción y el medio de publicación; pero, al menos, permite vislumbrar aquello que se desvela en el original...


Referencias:
Fuente de la cita: La frase de Walter Otto fue tomada de un pasaje de su estupendo texto titulado 'El milagro del canto y el habla'  de su obra  'Las Musas y el origen divino del canto y el habla' (editado por Siruela, España).    

Edvard Munch (1863-1944) pintó El Alarido en 1893. Tras su muerte la obra se exhibió en el Museo Munch de la ciudad de Oslo. En Internet puede consultarse un website que contiene información sobre el artista  y una interesante galería digital de obras suyas: Edvard Munch. The Dance of Life (Ir al sitio).