sábado, 30 de julio de 2011

Giordano Bruno y la Gnosis

"Lanza al bosque mastines y lebreles
El joven Acteón, cuando el destino
Le lleva por incauta y dubia senda
De montaraces fieras tras la huellas.

Ve en las aguas el más bello talle y rostro
Que ver pudieran dioses y mortales,
Ve púrpura, alabastro y oro fino,
Y el grande cazador vuélvese caza."

Giordano Bruno    

Decía Giordano Bruno, en consonancia con el hermetismo, pitagorismo y neoplatonismo a los cuales reivindicaba, que el conocimiento  de lo divino por el hombre es un retorno del hombre al conocimiento divino.  

Así, en una de sus grandes obras alude a ese conocimiento, al cual llama 'intelecto heroico', mediante un poema simbólico  que tiene como protagonista al mítico cazador Acteón. 

Pues, así como Acteón, tras haber contemplado el cuerpo desnudo de la diosa Ártemis, es convertido en ciervo y devorado por sus propios perros de caza, el intelecto heroico se encuentra,  al final de su camino contemplativo, con que el objeto de su búsqueda es él mismo. 

En los dos últimos versos de la segunda estrofa que citamos en el epígrafe está la clave del poema:   tras haber accedido el cazador, es decir el intelecto, al púrpura, alabastro y oro fino de la contemplación, se vuelve caza.

Pero, en el original italiano se reconoce con más claridad el matiz de transformación que es esencial para la comprensión de la idea.  Pues Bruno escribió: "e 'l gran cacciator dovenne caccia".   Es decir:   el gran cazador deviene -él mismo-  caza. 

No se trata, entonces,  de un cazador que ha sido a su vez cazado sino de un cazador que se ha transformado en la caza. Así, lo que está en juego no es la reflexividad del pensamiento sino su transfiguración.  

Dice Bruno al respecto: 

{cuando el intelecto se ha elevado a la contemplación} ha comprendido en cuanto le es posible, y deviene caza: quería apresar y se vuelve presa, este cazador, por la operación del intelecto que convierte en sí mismo las cosas que aprehende"

Entonces, la aprehensión humana de lo divino no se alcanza como se alcanza un objeto exterior, ni como se alcanza el ego a sí mismo en la introspección ordinaria, sino por una transformación, una regeneración, del pensamiento capaz de reconducirlo hacia su raíz originaria; hacia su verdadero y único sustrato: el intelecto divino.   

Así, es claro que Bruno navegaba en el gran navío de la Gnosis. Y por lo mismo, nos parece que aquellos que lo confunden, sea para reivindicarlo o para denostarlo, con una suerte de 'librepensador' 'anti tradicional' que anticipó la secularización de la filosofía occidental, no han sabido reconocer el hilo divino con que tejió su obra.

Para terminar, recordemos  que el Papa Clemente VII, en el año 1600, condenó a Bruno a morir en la hoguera. Y,  sugestiva coincidencia, unos tres siglos antes otro 'clemente', el Papa Clemente V,  había condenado al Caballero Jacques de Molay,  Gran Maestre de la Orden del Templo, a morir en la hoguera también. 

Por la semejanza se vinculan los semejantes, dijo Bruno, como buen hermetista, en otro escrito.  He ahí  una semejanza que da que pensar... 


Referencias:
Fuente de las citas: el poema que citamos y la reflexión sobre el intelecto heroico se encuentra en el diálogo IV, libro I, del texto de Bruno 'Los heroicos furores' {publicado en nuestra lengua conjuntamente con otro importante texto bruniano, 'La expulsión de la bestia triunfante', por la editorial Alfagura, Madrid}.   

El original, perteneciente a los llamados 'diálogos italianos' de Bruno, se titula 'De gl'eroici furori', y puede encontrarse en Internet:  Ir al texto

El tema de la semejanza y los vínculos entre semejantes la trata Bruno en su texto, perteneciente a las obras mágico-filosóficas, 'De vinculis in genere' (De los vínculos en general).   Una traducción parcial al español se encuentra en el volumen 'Giordano Bruno. Mundo, Magia, Memoria' {editado por Biblioteca Nueva, Madrid}. 

Una traducción completa en lengua italiana (del original latino) de ese texto se encuentra en Internet: Ir al texto

viernes, 15 de julio de 2011

La modernidad y la quimera tradicionalista

"Nada es la verdad si no encierra en sí toda la verdad"
Meister Eckhart

Un escritor de raíces tradicionales, que a veces se desliza sutilmente hacia el tradicionalismo, autor a quien, a pesar de la crítica que sigue, reconocemos el mérito de sus trabajos, Sayyed Hossein Nasr, expresó en cierta oportunidad:

 "Si fuera a haber un redescubrimiento de la metafísica y el restablecimiento de una tradición metafísica en Occidente, ligada a los métodos espirituales y dentro de la grey cristiana, entonces podría esperarse el rejuvenecimiento tanto de la teología como de la filosofía, y el nacimiento de un criterio para juzgar y regular las ciencias" 

Lo cierto es que ese sueño nostálgico, y veladamente dictatorial, no tiene la menor posibilidad de realizarse. Pues se trata de una quimera que no resiste ni la prueba intelectual, ni resistiría tampoco, llegado el caso, la prueba de los hechos.  

Pues, esa concepción proviene de considerar a la modernidad occidental, tal como hace el tradicionalismo contemporáneo en general, exclusivamente como el desvío de una norma; y más precisamente de la norma tradicional encarnada en Occidente, según ellos, por la cristiandad medieval.      

Ahora bien, aunque la justa comprensión del tema requeriría un examen muy detenido, aquí nos conformaremos con apuntar el que nos parece ser el defecto principal de esa concepción: 

Un pensamiento ordenado a los eternos principios metafísicos, y por lo tanto iluminado por esos mismos principios,  no podría jamás comprender a la modernidad exclusivamente como el desvío de una norma.  Ya que sería capaz de aprehenderla en su íntima unidad con dichos principios.  Y por lo mismo la comprendería en su verdad. Aún cuando esa verdad permanezca desconocida para el promedio de la 'conciencia de época'.

Pues, nada, y tampoco aquello que para la mirada exterior aparece como una ruptura del orden, escapa a dichos principios. De otro modo, no serían principios metafísicos sino sólo ideales y valores como los que comandan a las ideologías.

Esa sola consideración basta para sugerir que el alcance espiritual del tradicionalismo contemporáneo tal vez sea muy distinto a lo que sus militantes suponen.  Pues, se trata de un movimiento que se rebela contra la modernidad sin interrogarse seriamente, salvo excepciones, sobre la esencia de la misma. Ya que no alcanza a reconocer en ella otra cosa que desorden, desvío y anormalidad por oposición a las sociedades tradicionales a las que tiene como medida.  

Pero pensar así es, como mínimo, unilateral y exterior. Ya que, tal como dijo ese sol del pensamiento occidental que fue Nicolás de Cusa:

"La alteridad no es la esencia de ninguna cosa" 

Y la esencia de una cosa sólo se capta si se penetra en ella y se reconoce su verdad.

Por supuesto, decir esto no significa alentar, de ninguna manera, una entrega complaciente a los aspectos  disolventes y destructivos de la modernidad.  Más bien se trata de una invitación a la meditación pensante con respecto al sentido de la modernidad, y el modo en que para nosotros, en tanto estamos -nos guste o no- insertos en ella, ha de realizarse una vinculación consciente y genuina con los mencionados principios.  

Eso supone, necesariamente, un respeto y valorización de las tradiciones espirituales de la humanidad. Pero, entendidas como fuentes de enseñanza e inspiración y soportes para un trabajo interior adaptado a las condiciones de la existencia moderna; y por lo mismo capaz de iluminar el sentido de esa misma existencia; y no como fines en sí. 

En cambio,  la estrechez de miras y la soberbia farisaica de algunos tradicionalistas llega a veces tan lejos, que no se limitan a criticar  a la modernidad sino que van de aquí para allá juzgando severamente a las tradiciones y a sus representantes actuales; pero sin involucrarse nunca en ningún camino, o rompiendo con todos ellos, pues nada de lo que encuentran está a la altura de sus definiciones abstractas y sus prejuicios respecto a lo que las tradiciones 'deberían ser'.             

Para terminar, y ya que abrimos este post con una frase del Maestro Ekchart queremos recordar otra suya: 

"Incluso quien insulta a Dios, lo alaba"

Afirmación perturbadora que solamente adquiere su pleno sentido cuando se la integra al contexto total de su pensamiento. Pues Eckhart ha enseñado explícitamente que sólo puede reconocer el verdadero sentido de las distinciones, y eso incluye a los antagonismos, aquél que ha conocido su unidad...


Referencias
Fuente de las citas: la frase del Maestro Eckhart que utilizamos en el epígrafe fue tomada del ensayo de Jeanne Ancelet Hustache, que incluye textos seleccionados de Eckhart, titulado 'El Maestro Eckhart y la mística renana' {editado por Aguilar, Madrid}. 

La frase de Eckhart que citamos al final del post es una de las veintiocho proposiciones que fueron condenadas por la Iglesia. Todas ellas pueden encontrarse en el siguiente website: http://www.documentacatholicaomnia.eu/

La afirmación de Nicolás de Cusa pertenece a su texto 'Un ignorante discurre acerca de la mente' {en la edición bilingüe, con introducción de los especialistas Jorge Machetta y Claudia D'Amico, y notas del Círculo Cusano de Buenos Aires, editada por Biblos, Argentina}.   

La cita de Seyyed Hossein Nasr fue tomada de la cuarta conferencia del libro 'Hombre y naturaleza'; dicho sea de paso se trata de un libro que nos parece valioso en su conjunto pero sumamente discutible en varios de sus detalles {editado por Kier, Argentina}.  

sábado, 9 de julio de 2011

Pensamiento, filosofía y magia

 El mago y filósofo Giordano Bruno (1548-1600) escribió: 

"Así has de pensar que el Sol está en el azafrán, el narciso, el heliotropo, el gallo y el león.  Así debes pensar acerca de cada uno de los dioses respecto a cada una de las especies que se hallan bajo los diversos géneros del ente" 

Pero, si se reconoce el sol en el azafrán, el narciso, el girasol, el gallo y el león, es porque se ha reconocido el principio del sol en el sol.  Y por eso se descubre ese mismo principio en toda la cadena de seres  'solares'.   

En el ejemplo de Bruno el principio corresponde a lo 'ígneo' y forma parte de la tétrada de elementos arquetípicos de la cosmología occidental antigua (fuego, tierra, aire,  agua). Aunque igualmente podría tratarse, en otros casos, de principios de orden secundario.

Lo importante, para nosotros aquí, es señalar lo siguiente: es el reconocimiento del principio lo que posibilita y legitima la correspondencia analógica entre fenómenos de índole aparentemente distinta.

Y por lo mismo, si no se reconocen los principios, las analogías cosmológicas descansan, en el mejor de los casos, en semejanzas exteriores, y en el peor, no son más que asociaciones de ideas basadas en factores contingentes, cuando no totalmente arbitrarias y fantasiosas.  
     
Ahora bien, el reconocimiento de los principios, entendidos éstos no como meras nociones abstractas sino como ideas vivientes, pertenece tanto al arte del mago como al arte del filósofo. Ya que el primero opera con ellos y el segundo los contempla.

Dicho sea de paso, con respecto al arte del filósofo cabe recordar que 'teorizar' y 'teoría' provienen de theoria, en griego: contemplación.  La cual no remite únicamente, y esto es bien claro en Plotino, a una actividad subjetiva, por muy elevada que se suponga a dicha actividad, sino que abarca al orden entero de la realidad.

Volviendo a nuestro tema. Debido a ese punto común entre el mago y el filósofo se ha dado en la historia, muchas veces, la convergencia de ambos oficios en un mismo hombre. Así, en Pitágoras y Empédocles,  a su modo en Virgilio, también en Proclo y el mismo Bruno; entre otros.

Tal convergencia es posible a causa de la esencial unidad entre ser, vida y pensamiento.  Pues,  comprender esa unidad implica, de suyo, comprender la inseparabilidad de sabiduría y realidad.  Y en la conciencia de esa inseparabilidad se basa, precisamente, el oficio de aquellos dos tipos de artistas del pensamiento. 

En consonancia con eso, dice Bruno:

"Sabían aquellos sabios que Dios está en las cosas, y que la divinidad, latente en la naturaleza, obrando y centelleando diversamente en los diversos sujetos, viene, según diversas formas físicas y con ciertos órdenes, a comunicarse a sí misma, digo, el ser, la vida y el intelecto"

Para terminar, y por si hiciera falta, aclaramos que aquí no alentamos la práctica de la magia, lo cual podría resultar en una pérdida de tiempo o bien derivar en serios desequilibrios personales y ambientales, sino que invitamos a reflexionar sobre el asunto central del post:  la unidad de ser, vida y pensamiento; y sus muchas implicaciones.  


Referencias:
Fuente de la cita: las palabras de Bruno pertenecen a su obra 'La expulsión de la bestia triunfante', diálogo tercero   (editado por Alfaguara, Madrid).

La asimilación de Ser y contemplación en Plotino puede encontrarse, entre otros lugares,  en la Eneada III, 8 {incluida en la colección 'Eneadas, textos esenciales', editada por Colihue, Bs. As.} y también en la Eneada V, 5 {editada por Aguilar, Madrid-Bs. As.-México}     

sábado, 2 de julio de 2011

Pensar lo Mismo y lo Otro

Si se observa un grupo de cuadrados blancos y negros ordenados de manera simétrica y alternante, tal como se encuentran en un tablero de ajedrez o en ciertos pisos de mosaicos, y se prescinde de su número y tamaño, puede reconocerse que su muestra mínima, es decir la parte menor que todavía conserva la cualidad del conjunto, es el par simple formado por un cuadrado blanco y un cuadrado negro.


Entonces,  a partir de esa muestra mínima pueden hacerse distintas consideraciones según diversos modos de comprender.  Veamos: 

En primer lugar, pero 'primero' sólo en nuestra exposición, tenemos ahí dos elementos independientes y separados el uno del otro, aunque situados en una relación de contigüidad. 

Así, si bien están próximos en el espacio, el cuadrado blanco y el cuadrado negro son exteriores el uno al otro; y, por lo tanto,  cada uno de ellos tiene en sí mismo su identidad. Pues, el cuadrado blanco es blanco y el cuadrado negro es negro.

Ese es el modo de comprender de la inmediatez empírica y la unilateralidad abstracta.   

En este punto, y también para lo que sigue, cabe aclarar que 'abstracto' para nosotros no es lo opuesto a lo sensible, ni a lo fáctico, sino aquello que ha sido separado, cualitativamente hablando, de la totalidad.  O, dicho de otro modo, lo abstracto no se opone aquí a lo concreto sino a lo total e interior.

En segundo lugar, si ahora el pensamiento considera la mutua determinación de los cuadrados, sucede que los mismos  aparecen como conformando una dualidad.  Puesto que el blanco se reconoce como opuesto al negro y recíprocamente el negro como opuesto al blanco.  

De modo que, siendo una dualidad, la identidad de cada uno es definida por su oposición al otro. Por lo tanto, ambos se determinan en función de su recíproca diferencia. 

Ese es el modo de comprender de la relatividad abstracta.  

Este segundo modo de comprender supera la fijeza y unilateralidad del primer modo, pero no trasciende completamente la inmediatez de los datos, ni el carácter abstracto de las representaciones en juego.    

En tercer lugar, si el pensamiento penetra más allá de la dualidad aparente de los cuadrados, reconoce allí una polaridad. Entonces, ocurre un salto cualitativo. Ya que la idea de polaridad transporta los datos, sin anularlos, a otro nivel de significación.     

Así,  se comprende que la verdadera identidad no es la del blanco y el negro considerados cada uno en su inmediatez sensible y su aislamiento abstracto, ni tampoco la identidad dual definida por su recíproca diferencia, sino la polaridad como tal.

Es decir,  la verdadera identidad es la polaridad.  Pues, la polaridad subyace a los polos y los subordina a sí misma, tal como un principio subordina las expresiones que parten del mismo.  Los polos, por su parte, se revelan ahora como manifestación, en su propio nivel de aparición, de la unidad intrínseca de la polaridad.   

Dicho de otro modo, ya no hay dos identidades aisladas, ni dos que se definen recíprocamente, sino una identidad única que se mantiene íntegra en ambos polos y en cada uno de ellos.          

Ese es el modo de comprender de la síntesis.

Este modo de comprender implica la superación de la inmediatez de los datos sensibles y la exterioridad de las representaciones abstractas.

Ahora bien, una vez reconocida la polaridad se ha ingresado en el ámbito de los principios.  Por eso, a partir de ahí es posible realizar diversas transposiciones analógicas y extender la idea hacia otros órdenes del ser.  

La más inmediata de dichas analogías, en virtud de su semejanza sensible con el blanco y el negro, es la de luz y oscuridad.  Pero también, haciendo las debidas consideraciones, puede transponerse la idea de polaridad a lo masculino y lo femenino,  la actividad y la receptividad, el hombre y el ángel (entendido como polo celeste), y otras posibilidades.

No por nada, en el relato simbólico de la creación del mundo, Platón situó al comienzo de la cosmogonía la polaridad arquetípica de lo Mismo y lo Otro

Para terminar, nos gustaría evocar una observación de Agustín de Hipona (San Agustín), quien -dicho sea de paso- había bebido de fuentes platónicas antes de su conversión al cristianismo,  y que resulta muy afín a nuestro tema:

(alguien podría..) restringiendo el campo visual y abarcando
con sus ojos sólo un azulejo de un pavimento de mosaico, censurar al
artífice, como ignorante de la simetría y proporción de tales obras; creería que
no hay orden en la combinación de las teselas, por no considerar el conjunto de todos los adornos que concurren a la formación de una faz hermosa. Lo mismo ocurre a los hombres poco instruidos, que, incapaces  de abarcar y considerar con su angosta mentalidad el ajuste y armonía del universo, cuando algo les ofende su vista de cegatos, luego piensan que se trata de un desorden o deformidad ”

Referencias: 
Fuente de las citas: Platón se refiere a la dialéctica (en el sentido genuino y elevado de esa palabra) de lo Mismo y lo Otro en distintos diálogos; por ejemplo en Sofista y Parménides; pero su lugar en la cosmología se expone en el  Timeo {editado por Aguilar, Madrid}.

Las palabras de San Agustín pertenecen al texto Del Orden, incluido en sus Obras Completas, Vol. I {editado por la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid}.